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martes, 26 de enero de 2016

EL HOMBRE Y LA NATURALEZA

Las teorías naturalistas de la nacionalidad son, pues, en su fondo radical erróneas; porque desde el primer instante cometen el error de considerar la nación como una cosa, como una cosa natural, cuya explicación, por lo tanto, tendría que hallarse, a su vez, en cosas naturales. Ahora bien, la nacionalidad no es cosa; ni menos cosa natural. La nación está por encima de las realidades naturales y de toda cosa concreta; porque la nación es creación exclusivamente humana, con todos los caracteres típicos de lo específicamente humano, es decir, de lo anti-natural.

El hombre, en efecto, si por un lado pertenece a la naturaleza y participa de las cosas, a cuyas leyes obedece, es, por otro lado, el único ser natural dotado de la libertad; la cual consiste justamente en el poder de superar la naturaleza. La libertad humana hace del hombre el ser capaz de luchar contra la naturaleza y vencerla. La libertad humana convierte al hombre en autor de su propia vida y en responsable de ella -lo que jamás puede ser un ente meramente natural-. Considerad la diferencia capital que existe entre el hombre y el animal. No busquéis esa diferencia ni en la cuantía de los órganos o facultades, ni en la diversidad de las formas visibles. No la busquéis en ninguna comparación basada sobre las dos realidades «naturales». Pero, en cambio, buscadla y la encontraréis en la índole peculiar de las diferentes vidas que el hombre y el animal viven. La vida del animal transcurre toda ella constreñida por las leyes naturales que imperan sobre la especie. En cada momento la vida del animal está íntegramente predeterminada por la serie total de los antecedentes reales, por el instinto, por la fisiología, la anatomía, la psicología de la especie a que pertenece. Por eso dos animales de una misma especie tienen vidas idénticas. El animal no se hace su propia vida, sino que la recibe ya hecha, hasta en sus menores detalles; y se limita a ejecutarla. Es como el comediante, que representa un papel escrito, pensado y concebido por otro. Por eso el animal no es responsable de su propio ser, de su propia vida; porque esa «su» vida no es en puridad suya, sino de... Ia naturaleza.

Así, el hombre es propiamente hombre por lo que tiene de no-animal, esto es, de no-natural. Para vivir humanamente, el hombre necesita pensar de antemano, prever de antemano lo que «quiere ser», a fin de serlo en su vida. Necesita dominar la naturaleza, dar realidad a algo que naturalmente no la tiene, esforzarse por imaginar un tipo de vida, un modo de ser, cuyo modelo no encuentra en ninguna parte, en ningún lugar natural, sino sólo en lo más profundo de su corazón. El hombre no tiene, pues, «naturaleza», sino que se hace a sí mismo en la vida; es más, su vida consiste justamente en ese «hacerse a sí mismo». Desde que nacemos hasta que morimos, los humanos somos responsables de cada momento y de todos los momentos de nuestra vida; y ese comodín que llaman algunos «naturaleza humana», no es, en realidad, sino la base sobre la cual ha de erguirse y encumbrarse la verdadera y auténtica humanidad, la que consiste en superar cuanto de meramente natural hay en nosotros.

Mas tan pronto como penetramos en los ámbitos de la libertad, tropezamos con el espíritu, esto es, con la capacidad infinita y la infinita diversidad de formas. En efecto, decir que la vida humana no es animal, equivale a decir que la vida humana no es uniforme, sino infinitamente diversa. Esa diversidad se manifiesta justamente en la historia. La historia es la continua producción por el hombre de formas y modos de ser nuevos, imprevistos, que no pueden derivarse de elementos naturales. La historia es -como la vida del hombre- algo que ninguna ley de la naturaleza predetermina. El hombre la hace libremente, al hacer su propia vida. Por eso, en la historia humana encontramos un repertorio tan variado de formas o modos de ser hombre -desde el faraón egipcio hasta el cortesano de Luis XIV, desde el nómada árabe hasta el mandarín chino, desde el filósofo griego hasta el conquistador español, desde el samurai japonés hasta el labriego castellano-. Y aun le quedan a la humanidad infinitas formas que discurrir y realizar -Dios sólo las conoce.

La nación, la nacionalidad, es también una de esas estructuras humanas, no naturales, hijas legítimas de la libertad del hombre. La nación es una creación del hombre. Por eso decíamos de ella que supera infinitamente toda naturaleza, toda «cosa» natural, como la sangre, la raza, el territorio, el idioma. La naturaleza, abandonada a sí misma, produciría razas, quizá incluso organizaciones como las de los castores o las de los hormigueros. Jamás empero, eso que llamamos nación, patria, pueblo.

martes, 15 de diciembre de 2015

EL SER HUMANO Y LA NATURALEZA


Entre los seres vivos, el hombre es el único que tiene una característica a la que se denomina-cultura; esto es, que posee la capacidad de planificar y desarrollar pensamientos, transmitir a sus descendientes conocimientos y modificar su medio ambiente. El problema es que no siempre lo ha modificado de manera razonable como para que él y sus descendientes gocen de un bien que resulte sostenible en el tiempo.


Como bien sabemos, el ser humano no puede sobrevivir si entra en conflicto con la naturaleza. Existe una clara interdependencia entre salud, medio ambiente y grado de desarrollo de un país; es así porque no se puede alcanzar un desarrollo equilibrado si la población no está sana y no tiene acceso a la educación. 


Sin embargo, y a pesar de que la salud y la educación son derechos humanos, en casi todo el mundo la contaminación de la tierra, el agua y el aire está acabando con la salud de millones de personas.


El conflicto entre el hombre y la naturaleza es muy viejo, tiene su origen en el siglo XVIII, a raíz de los cambios que se produjeron con la revolución industrial en Inglaterra. Después, a mediados del siglo XIX se produjo un fenómeno similar en Estados Unidos, Francia y Bélgica, sólo que entonces comenzó el uso intensivo de fuentes energéticas, especialmente electricidad y petróleo.

En la historia de la humanidad los procesos de industrialización han tenido características diferentes, pero dos rasgos en común: la sobreexplotación de los recursos naturales y la falta de cuidado hacia la naturaleza.

Actualmente hay dos posturas sobre los males que aquejan a la naturaleza, una afirma: “La situación no es tan grave, y en todo caso tarde o temprano la ciencia y la tecnología nos van a sacar del atolladero”; y otra igualmente extremista, señala: “La tecnología destruye la naturaleza y por lo tanto a nosotros mismos como parte suya, así que debemos prescindir de ella”.

Ambas posiciones son irracionales; no podemos seguir atentando contra la naturaleza, pero tampoco podemos renunciar a la tecnología y a sus usos económicos. El ser humano ha construido y modificado su medio ambiente, y destruir la tecnología es atentar contra él; pero la naturaleza está al borde del colapso; los avances tecnológicos con los que a la humanidad la ha revestido la están ahogando.

Se requieren acciones racionales, así como la cooperación de todos para lograr el equilibrio en la naturaleza que nos permita seguir formando parte y disfrutar de ella.



     
                                     Fotografía tomada de Google Image 2015